Ana no sabe vivir triste, y mucho menos enojada, porque a cada cosa seria que dice irremediablemente se le saltan tantas lágrimas como después de haber comido una rodaja de limón muy muy agria.
Esta mañana viajaba en el metro más incómoda de lo habitual. No suele molestarle el calor y sin embargo hoy se asfixiaba. Al salir casi no disfrutó la breve caminata, esta vez eterna, hasta su pequeña tienda de especias.
No reparo en los detalles, no se dejó invadir con el exquisito golpe de aromas que siempre la desborda al abrir por primera vez la pesada puerta de roble que descubre ese pequeño mundo de ilusiones.
Apurada, sin saber bien porque, alistó todo para comenzar el día sin pensar en ello.
Casi no reparó en sus primeros clientes, esos que no venían cada día sólo por falta de una ramita de canela o una pizca de nuez moscada, sino porque aquel lugar solía ser un placer, páramo mágico donde las risas y los buenos momentos se llenaban de aroma y mucho sentido.
La mañana pasó así, sin más, sin dejar huella en nada y sin recuerdos bonitos para meter en ese saquito que ella siempre lleva colgado de la cinta que rodea la cadera de sus faldas.
Juan, pasa a visitarla cada tarde a primera hora. A su llegada Ana tiene todo preparado para esos pocos minutos juntos. El batido de fresas que les encanta, galletas con trozos de chocolate que se derriten en la boca, y un poco de su música preferida. Tiempo exacto y necesario para pasar la tarde regodeándose en la exquisita charla con resaca de alegría.
Juan, como siempre, entró sonriendo como si acabaran de contarle la noticia más feliz del día, pero Ana no dejó el block de notas donde hacía frenética el inventario, como si aquello fuera un caos. Juan confuso comenzó a hablar mientras Ana levantó la mirada atravesándolo por primera vez, espetando una sola frase distraída, que pesó como una tonelada de ellas.
Ellos se conocen. Juan supo, por lo que no encontró, que algo no andaba bien.
Ana dio media vuelta y comenzó a acomodar los ramilletes de laurel, como si fuera a hacer la más encumbrada obra de ingeniería, a medida que escuchaba a Juan dar pasos suaves e inseguros hacia la puerta de salida.
Ana siguió corriendo su maratón en una tienda de veinte metros cuadrados, hasta que da de bruces y comienzan a llover lágrimas. Juan se va lejos en poco tiempo, y eso la llena de tristeza. Tiene miedo de perderlo, a él y todos los momentos hermosos que dan sentido a su día a día. Lo quiere y necesita decírselo… pero sólo le salió enojo.
Ya es de noche, y en un ritual infinito Ana corta las fresas, esta vez en casa, y prepara ese batido que hoy quedó pendiente. Lo toma a sorbitos muy pequeños por los dos. Sabe que mañana podrá decirle lo que siente, y que Juan volverá para escucharla.